El Narcotraficante

a Gabriel Mariaca Iturri

 

 

     Desde la proyección virtual de sus sueños y por el respiradero escuchó  la pisada de gato posándose detrás de su puerta. Lentamente fue ascendiendo del inconsciente mientras sus manos movidas por un instinto primitivo retrocedieron el carro de la subametralladora.

-—Señor, disculpe usted, soy yo, Gulliver—, susurró el intercomunicador.

Anthony McMannie, preso en una sección de lujo de la cárcel de San Pedro, no respondió pero contó mentalmente uno, dos, tres... y exactamente al cuatro sonaron dos golpecitos amplificados como si el aparato carraspeara, cumpliendo con la contraseña. Apretó un botón fosforescente. Afuera, se abrió una celdilla empotrada en la pared que dejó expuesto un tablero de números iluminados. Totalmente concentrado, como ajedrecista jaqueado, el monumental guardaespaldas digitó con la trinidad de dedos de dado que le quedaban en la mano, quizá una vendetta quizá un accidente, uno a uno y con el mayor cuidado los números de la clave de acceso. Los seis cerrojos de la puerta de bóveda de banco se abrieron electrónicamente con un siseo mecánico, rrsss khajj, rrss khajj. Gulliver entró de puntillas a la oscuridad.

—¿Y qué hora es?— preguntó Anthony con la automática montada bajo las frazadas.

—Disculpemé don Antoni pero es muy sumamente importante— respondió el gigante con voz arrugada.

—¿Entonces qué hora es, man?

—Las cuatro señor.

—Ya sabes, mis botas lustradas para las siete en punto, man, dile al Chambergo que quiero que la piel de la cobra parezca viva.

—Si, señor, ya sabe. Ha trabajado toda la noche y sigue.

—¿Qué onda, güey?

—Es que ya llegó, señor—, hizo una pausa esperando una voz de apro o de reprobación—. ¿Enciendo la luz don Antoni?

—No. Dáme. Sal y cerrálo la puerta. Bien aseguralo, man.

Gulliver le extendió una cajita de joyería de regular tamaño y partió con igual sigilo. En la oscuridad Anthony acarició el terciopelo del envase. Al fin había llegado la hora de su venganza.

—DEAs hijos de remil putas, man.

Respiró largo como frente al mar. Cara de muñeco, ojos grandes, hoyuelos en los cachetes, cholo indiaco k’achamozo, Anthony el más grande narcotraficante del país tenía los gestos ansiosos y seguros de un yanqui llok’alla, ese sincretismo de gringo con andino joven, emigrado a los Estados Unidos a media adolescencia cuando ya siendo alguien logra exitosamente volverse otro. Lo agarraron en un DC-8 transportando diez toneladas de clorohidrato de cocaína a México.

—What the fuck are you doing [1] , man? —le gritó por el celular a Joaquim Paltrow, jefe mundial de la DEA, apenas fue apresado—. La coca es de la DEA man como toda la coca that I`ve smuggled in my whole fucking life. What the fuck is this all about [2] , he?, Paltrow?

—Entiendo estés nervioso, pero déjale en nuestras manos. Confíanos. ¿Cuándo te hemos fallado, Tony boy? —contestó el jefe Paltrow con voz nasal y en su español de gringo.

Tony esperó con paciencia. Conocía la lentitud de la burocracia. En esa espera, una mañana de sol, un húngaro con el físico de Schwarzeneger, preso por mula, se lo quiso despachar durante el rito religioso que oficiaba el anciano Rubén Urquidi en el patio de la prisión. El puntazo en la tetilla, a medio centímetro del corazón, le bajó la guardia a Tony. El mula, ahogado en tensiones por el t’antaso de pasta base que se había fumado para darse valor, se lanzó a fondo buscándole la yugular pero el pastor, inspiración celeste, interpuso la Biblia entre Tony y la muerte. El magyar buscó un nuevo ángulo cuando escuchó crac y alcanzó a ver en diagonal el cielo que se iba en un fade out, roto el cuello, la cabeza colgando de las manos de Gulliver. 

—You fucking animal! [3] —increpó Anthony al gigante mientras se agarraba la herida para frenar el sangrado— ¿Y no te estás chequeando man que teníamos que hacerlo hablar, pelotudo de mierda? Saber el qué, el quién, el cómo y sobre todo captar el porqué.

Gulliver soltó su presa, le enderezó el pescuezo y lo sopló como a los pajaritos, para devolverle la vida. El pastor lloraba desconsoladamente remangándose los mocos como Julieta ante el amado muerto.

—No te pongas así, porque o era él o era yo y Cristo, praise Jesus, man, praise Jesus [4] , ha decido a través de tu mano salvadora, bendito sea el Señor.

Urquidi siguió afectado y Tony le dijo que por-nada-más le triplicaría el diezmo. El pastor recibió consuelo y todavía hipaba cuando se marchó rápidamente, dándole la espalda a toda responsabilidad en  el suceso.

Tuvo que suceder el envenenamiento con una hamburguesa whopper que le estiró el Manaco a su adulado huskie siberiano, Sky king, mascota consentida que le alegraba los días con su mirada azul; tuvo que estallarle una tarjeta-bomba de Navidad a un policía revisadorcito de correspondencia y tuvo ducharse con el estuco por la ráfaga escupida desde una moto que le peinó el ánimo cuando salía de prestar declaración indagatoria ante el juez de sustancias controladas, para que Tony aceptara que sus fellow Dea’s ya no lo querían; que su institución, su queridísima y adorada institución matriz le estaba pagando boleto al más allá para descartarlo como un blister inservible de fast food luego de tantos años de trabajo y lealtad. Llamó al jefe Paltrow. Ojalá fueran falsas sus conclusiones pero los gringos son muy sinceros (cuando tienen que serlo):

—You fucking latino, now you are where you belong: in your fucking country, in the fucking jail, and soon in fucking hell [5] .

¿Pero cómo? Eran amigos, my friends, parceros, burda de panas, yuntas y además él era DEA de alma. Y nada de “latino”, si años ha tenía nacionalidad norteamericana. Toda su vida había luchado y se había envilecido por ese país. ¿Porqué? Se deprimió por varias semanas, no solo porque sabía que una vez que la DEA te apunta es mejor empezar a hacer migas con San Pedro, sino por sentir traicionada su vida entera, vueltas mierda las pocas verdades que había alcanzado a construir.

Comió poco, durmió nada, abrazado a sus botas de cowboy de piel de cobra real, y se la pasó cantando My Bonnie is over the ocean en tono de bolero para darse mayor tristeza. Pero su médula de sobreviviente lo hizo reponerse, lexotanes y litio mediante. Avanzada la terapia llegó Rin-tin-tin en su ayuda y empezó a aceitar maquinarias. Jueces y alcaides, policías y custodios, resguardaron y mimaron, contraviniendo toda otra orden, al benefactor que cada mes les liquidaba favores con efectivo generoso. Y así, en lugar de purgar condena en una ofrica celda de Chonchocoro fue destinado al menos infame Panóptico de San Pedro donde en la sección Los Pinos se fabricó un bunker tipo línea Maginot con pernos de acero como tanque de la primera guerra y con el confort de un domicilio-oficina-centro-de-recreo de lujo; rodeado (zanja de agua de castillo medieval), por un circuito electrónico de protección y por varios matones que en adelante velaron por su seguridad mientras él se dedicó a preparar lentamente la venganza del indio que era en verdad a pesar de las estrellas rojas y azules y del inglés.

Apretó los labios y respiró. Del velador tomó un lapicero con linterna incorporada y con la punta marcó “007” en los minúsculos números del broche de la cajita y desarmó, con absoluta exactitud, el detonante protector que hubiera hecho estallar toda la caja, hecha de explosivo plástico, despedazando un radio de cincuenta metros.

Con ritual de sacerdote abrió la tapa y metió la mano. Adentro, palpó la forma lisa e irregular del contenido que estaba sujeto a un altar de terciopelo. Era una muela. La desprendió y dentro de su boca la calzó en el muñón dental, bien limado, de su segundo premolar superior izquierdo. Con satisfacción sintió que la muela sobresalía de las demás. Se la sacó y prendió la luz de la habitación, que por segundos lo mantuvo con la mirada albina. Ansioso forzó la vista para estudiar la pieza. Era perfecta y el bonding marfilino. Con una tenazuela y aguantando aires removió el microchip del interior. Volvió a probársela y, esta vez, le cupo perfectamente. Sonrió ante el espejo para constatar la elegancia de la prótesis. Se incorporó y llevó el chip hacia la computadora con el cuidado con que se transportan microbios letales, lo insertó, pulsó "Return" y esperó a que cargaran los 5300 megabytes de memoria.

Todo había comenzado cuando se enroló en el ejército norteamericano para servir a la causa de la libertad y así demostrar su adhesión a la nación que admiraba. Al mes de llegar a los Estados Unidos su padre le cambió su nombre, de Antonio Mamani a Tony McMannie, para que el niño dejara de arrastrar el acomplejante apellido indígena y encajara en el país de la libertad.

El día de su dieciseisavo cumpleaños, mismo día de la ofensiva del Tet, se presentó como voluntario al ejército para ir a la guerra, mientras Mohamed Alí purgaba prisión por lo contrario: por no ir. No bien comenzaron los entrenamientos fue reclutado por Operaciones Especiales. “Mmmh, bolivian, fine...”, lo detectó como con radar el pelirrojo y pecoso capitán de inteligencia que lucía una sonrisa de boyescaut. “Native knowledge of the field [6] ”, escribió, satisfecho de haber encontrado al hombre exacto. Luego de un exhaustivo entrenamiento, Tony fue destinado a transportar cocaína desde el Chapare o desde el Beni o desde Santa Cruz o desde los Yungas o desde donde se produjera hacia el aeropuerto militar de Phan Tiét al este de Saigón.

—One has to help the boys in this damn inferno and a sniff will do the job. You can bet your ass [7] — aseguró el coronel Spankler, jefe de Operaciones Encubiertas de la CIA en Vietnam cada vez que llegaba un embarque.

La coca se mezclaba con talco para que rindiera, se fraccionaba en bolsitas de cuarto gramo en el subterráneo del cuartel del ejército surcoreano y por intermedio de una bien organizada red de dealers era vendida a los soldados a precios subvencionados. Al final de la guerra la DEA tenía registradas las virtudes de Tony McMannie y lo convocó. Pronto se convirtió en agente estrella. Hizo de hitman, de diplomático, de hombre de negocios, de mormón y hasta de actor de teatro. Con habilidad camaleona vistió todos los rostros necesarios. Unos años después (país de oportunidades) se había convertido en profesional independiente y consultor de las altas esferas de la inteligencia norteamericana en materia del narcotráfico. Con su nuevo estatus lavó los millones que había amasado por la chueca.

Ya los colombianos barrían violentamente con las mafias italiana y japonesa en Estados Unidos, apropiándose de la distribución de cocaína en los mercados más codiciados. Austin, Houston, Nueva York, Boston, Washington D.C., Sacramento, Los Ángeles, San Francisco y Miami estaban en taperware y refriguerados por los carteles de Medellín y Cali. Ya Estados Unidos era el patio trasero de los colombianos. Tony fue contratado para hablar con Escóbar y con los hermanos Rodríguez Orejuela, los capos colombianos. Debía invitarlos a establecerse en Estados Unidos, a engordar y pagar impuestos. Si legalizaban operaciones podrían incorporarse al establishment, como las otras mafias. Los paisas y caliches asentían pero seguían sacando miles de millones de dólares vía Panamá, golpeando la liquidez del sistema financiero mundial. Un día la gota rebalsó el cóctel y los banqueros de Wall Street pagaron un lobby en las más altas esferas de Washington. Inteligencia volvió a llamar a McMannie.

—Las soluciones deben ser rápidas pues el dinero desmovilizado de la banca y fuera de circulación, contraerá la velocidad del dinero y achicará la masa monetaria doméstica y en ¡uno, dos, tres!, enfriará la economía del sistema— advirtió el mismísimo presidente de la Reserva Federal en la reunión.

—Los colombianos son sordos, ¿qué podemos hacer, Tony? —preguntó Paltrow que era el edecán consentido del Director de la DEA.

Tony, que le conocía el alma de berracos a los colombianos, dijo que no había otra alternativa que derrotarlos militarmente y exterminar los carteles. Pero sugirió hacerlo con efectividad, y eso implicaba cautela y un plan bien armado, no fuera a pasar como con Vietnam que la opinión pública terminó dándole la espalda al gobierno a favor de los bad guys. Primero había que sensibilizar al público. Por vía de USIS, la organización gubernamental para la información, coprodujeron todos los policiales de la década, tanto para cine como para TV, mostrando en las pantallas la venalidad canalla de los latinoamericanos y particularmente la lacra monstruosa e inhumana que eran los colombianos.

Finalmente en 1986 maduró, en la pupila del contribuyente, la repulsión hacia los latinos narcotraficantes sembrada por la ficción. El siguiente paso era invadir Panamá para cortar la tubería por la que los carteles colombianos sacaban el dinero. Por otro lado le quitarían, a los bancos europeos, el monopolio del lavado de dinero. Estaban esperando un momento publicitario apropiado cuando detectaron que el general Noriega, presidente de Panamá y ex-agente de la CIA, prestaba su colaboración a los servicios secretos cubanos para colocar micrófonos en todo el edificio de la embajada norteamericana que estaba en construcción. Los gringos habían hecho la vista gorda a la línea de tráfico que tenían los cubanos con las FARC y la distribución hormiga que hacían en Nueva York con los jamaiquinos. Ya invadiendo Granada, que había sido un sólido pivote cubano en el tráfico hacia los Estados Unidos, les había dejado claro a los barbudos que no debían pasar determinados límites. Esta “democracia” del narcotráfico se debía a la más importante lección que Tony había recibido en su formación:

—No queremos ni debemos exterminar al enemigo. Queremos y debemos controlar al enemigo: darle de comer en pequeño y con la rienda corta —dijo el mayor Huckabee, PhD en Estrategias inteligentes. Volvió a repetir textualmente la frase y completó: “Pero no hay control sin dinero. Control and money are the keywords [8] ” .

Pero de ahí a que los cubanos les instalen micrófonos, era demasiado. Atacaron de inmediato alegando los vínculos de Noriega con el narcotráfico, que conocían hace años, y, por supuesto y como siempre, la defensa de la democracia. Treinta mil muertos panameños fue el costó de la invasión y la utilidad fue un miniplan Marshall secreto.

De manera inmediata los carteles colombianos sintieron la asfixia fiduciaria por el corte del flujo panameño y el plan pasó a la fase B: “Atacar La Madriguera”.

Los norteamericanos, con Tony a la cabeza, pusieron los brains [9] y el ejército local, el músculo. Con la vieja técnica de Maquiavelo dividieron a paisas y caleños, y a los primeros les prendieron una tenaza: el diente que mordía por dentro era una quinta columna de su propia medicina: los Pepes, y el que mordía por fuera era el ejército colombiano. Se desató una guerra mucho más violenta de las que tradicionalmente tuvo el país. La voz solitaria de García Márquez propuso la legalización de la droga para acabar con la guerra. Luego Friedman, el economista también nobeleado, lo siguió pero argumentando no razones humanitarias sino monetarias: la legalización de la coca ordenaría el errático mercado norteamericano del dinero, el cuál ya empezaba a jadear por “la disminución de la masa monetaria debido a la disminución del narcotráfico”. Argumentaba razones exactamente contrarias a las que había sostenido el Presidente de la Reserva Federal en la reunión con Tony. Esa tendencia legalizadora shokeó a la opinión pública. Tony aconsejó dejar que esta ola de clamor intelectualoide creciera, rompiera y se volviera espuma inofensiva. Así sucedió.

El mismo día que le dieron muerte a Pablo Escobar, capo del cartel de Medellín, mientras huía por un techo, empezó la ofensiva contra los de Cali, que estaban de su lado y descuidados. Barrerlos, fue con una escoba. Los cubanos, más rápidos, se curaron en salud haciendo juicios y ejecuciones por narcotráfico a sus propios integrantes del ejército y del ministerio del interior. Los gringos recibieron eso como una buena señal y para respetar el “no debemos exterminar al enemigo sino controlarlo”, del profesor Huckabee, dejaron la línea de droga de las FARC y del gobierno cubano, que cumpliría la función de recoger a los sicarios que quedaran sueltos y, en este flujo, meterían los gringos a agentes encubiertos. Por su parte, la guerrilla colombiana y la inteligencia de la isla caribeña aprendieron a no disputarle, a las mafias gringas, su propio mercado interno. “No hay que meterse con la comida del perro más grande”, había dicho un barbado líder cubano. 

Luego de un relax merecido en las playas de Cartagena de Indias, Tony y los suyos bajaron por los Andes del continente, por Ecuador, Perú y Bolivia, desmantelando las líneas de provisión de los carteles colombianos. Pronto completaron la tarea extraditando, de esos países, a algunos jefes narcos que les debían deals [10] .

La extradición del boliviano Techo de paja, uno de los últimos asociados de los colombianos en el cono sur, movilizó la Fase C: el cartel de la DEA. Nunca más el negocio de la cocaína volvería a hostigar a los agregados macroeconómicos norteamericanos, como lo había hecho bajo manos colombianas. Tony firmó un contrato millonario, con secreto apoyo y en asociación con Paltrow, para edificar el cartel de narcotráfico del gobierno de los Estados Unidos. Un par de años después había armado un complejo y sólido circuito de acopio y distribución usando al norte mexicano como punto de entrada a los Estados Unidos. El lavado de dinero que solía hacer en Panamá la banca europea, sobre todo la banca suiza, ahora lo jabonaban los bancos gringos offshore y reinyectaban la liquidez al sistema. El imperio había jugado en grande, y Tony estaba ahí, sin soberbia, trabajando con perfil bajo hasta que Paltrow le propuso un nuevo contrato, una nueva guerra, esta vez en México, contra el monopolio que ellos mismos le habían permitido a Amado Carrilo, un narco discreto, cuya única pompa a diferencia de los colombianos era tener un apodo muy pegajoso y sonoro: “El señor de los cielos”.

Tony les dijo, una y mil veces, que si rompían ese monopolio, el negocio del narco se volvería incontrolable, un mercado de pequeños y medianos carteles. Además para qué atacarse a ellos mismos, si el Señor de los cielos estaba controlado por Tony, por vía de la demanda, en realidad por la DEA aunque Carrilo no lo supiera.

Tony hablaría con el Señor de los cielos y estaba seguro que aceptaría legalizar sus activos en Delaware y retirarse, pues tenía familia, y la DEA pondría a otro.

—Tony, everything is about money [11] . Con la dispersión de carteles en México, no le faltará trabajo a nadie. Todos tendremos trabajo. A la DEA nos multiplicarán el presupuesto cada año, y a nuestra sociedad le renovaremos los contratos. Unas veces combatiremos a un grupo de carteles, junto al gobierno mexicano, y otras veces a otro grupo de carteles, así mantenemos a todos en raya. Enemigos pequeños, easy job, lots of money [12] .

Por primer vez Paltrow lo vio dudar.

—¿Qué pasa, Tony boy?

—Eso sería robar al Estado norteamericano, Joaquim.

—Es una interpretación muy duro, casi ecologista, Tony —y ambos rieron—. ¿Qué ese moral excesivo, dude?

Y Tony lo miró desde una altura a la que jamás pensó podría llegar en su vida y le respondió con una voz que salió con ecos de su garganta:

—America has made me [13] .  Yo le debo a este país todo lo que soy.

Paltrow bajó la cabeza, cruzó los brazos y dejó que pasaran los segundos. Cuando levantó la vista ya no estaba Tony McMannie, el ser humano, estaba Tony McMannie, el titán. Paltrow había llegado a director de la DEA en una carrera brillante y meteórica, en gran medida gracias a Tony. Su rostro granítico y su mirada de aguja se mantuvieron por largo tiempo hasta que se empezó a dibujar una leve sonrisa. No aguantó más y expulsó una bocanada de aire y un silbido.

—¡Ese es el Tony boy que esperaba que fueras! Tuvimos sospechas de ti. Disculpa, pero tú sabes que sospechar es nuestro negocio. Bien Tony, bien, you are still in [14] .

Tony que, durante esos segundos, pensó que su sincera respuesta le cortaba su carrera de cuajo, soltó feliz adrenalina y golpeó cariñosamente a Paltrow en el hombro. No pudo contener emociones e hizo el ademán de darle un puñete cariñoso en la barbilla y los dos rieron y se llenaron de fucks verbales y fraternales.

—Tu último contrato ha terminado y debemos preparar el siguiente y festejar que sigues contando con nuestra confianza. Clark de la CIA quiere participar con nosotros y esta es una buena ocasión para meterlo, para limar asperezas entre agencias…, you know? Ha habido cruces en las líneas: lo político metido en el medio, y todo eso, ¿okey? ¿Te parece el miércoles en Tavern On The Green? —Paltrow sugirió el una vez famoso restaurant de Central Park, ahora en bancarrota, y dio una explicación—: Me gusta el sitio y además es for old times sake [15]

 Esa plateada noche del otoño neoyorquino, Clark de la CIA y el jefe Paltrow brindaron en su honor.

—Nadie lo sabe, Tony, y nunca nadie lo sabrá pero gracias a ti, el mundo y el gobierno de la libertad han triunfado sobre el mal. La CIA está de acuerdo con Señor de los cielos y vamos a hacer un trabajo conjunto, por primera vez, para que desde el lugar más lejano de Suramérica, desde tu país, el circuito hacia México esté smooth [16] — dijo Clark.

Llegaron las creppes flambeadas, y al segundo bocado Paltrow le informó a Clark:

—En el primer viaje que haga el test de seguridad de esa línea desde Bolivia a México, la DEA quiere que Tony en persona vaya en el avión para asegurarse que todos los detalles marchen a la perfección. Nosotros pagaremos sus fees [17] — se volteó hacia Tony—: If it’s okey with you [18] .

Tony levantó los brazos y gesticuló con ambas manos:

—I’m a DEA asset, man. If it’s okey with both of you people, no “problemo” I’ll do the job [19] .

A Clark le pareció una idea práctica. Tony, como en sus viejas épocas de Vietnam, transportaría 10 toneladas de clorhidrato en un DC-8 tocando todos los nuevos puntos de apoyo y abastecimiento hasta desembarcar en Sonora, México.

—Yo haré romper una botella de champaña en la rueda del avión, antes de despegar —, prometió el jefe Palrtro y así sucedió. El jefe de la DEA en Bolivia, disfrazado de mecánico de aviones, cumplió la promesa pero no con champagne sino con espumante chileno que anunciaba el destino del vuelo. Al aterrizar en Lima, su primera estación, agarraron a Tony con todo el cargamento, y lo mandaron enmanillado a Bolivia.

Fue  cuando llamó a Paltrow por celular y le dijo:

—What the fuck are you doing [20] , man?

Y el otro le contestó”

—Entiendo estés nervioso pero déjale en nuestras manos.

Tony quiso pensar que había sido un error transitorio, se dio cuenta que era una decisión pemanente cuando leyó en la prensa de la ejecución del Señor de los Cielos en una mesa de operaciones mientras le hacían una plástica. Tal como Tony vaticinó, a la semana habían aparecido cinco carteles nuevos en todo el territorio mexicano, en Sinaloa, en el Golfo, en Michoacán, en Juárez, en todas partes. Aún así pensó que eran vendettas internas del narco azteca hasta que Paltrow le dijo “fucking latino” y ahí quedó claro el atentado del mula húngaro, la whopper envenenada a Sky king, la ametrallada al salir del juzgado, en fin, todo quedó diáfanamente claro. Tony McMannie servidor incondicional de la grandiosa bandera rayada y estrellada, era un incordio para el poder del stablishment. Lo peor no fue eso. Lo peor fue saber que nunca había dejado de ser un “fucking latino”.

Sin embargo, donde hay unos hay otros, y durante los largos años de prisión diseñó un minucioso plan vengador con la antigua pero útil técnica "de árbol, Pert CPM, con fuentes y destinos" y demás instrumentos metodológicos. Siguiendo el diseño de su estrategia, dos semanas antes de recibir la muela en la cajita de joyas había echado el primer balde de mierda al ventilador: “Y más de 20 años he traficado para la DEA: confiesa Tony McMannie", decía el titular de la prensa que vociferaba escándalo. En entrevista exclusiva narraba su historia con lujo de detalles. La noticia creció como batida con espumadera. Los periodistas corrieron a tocar las puertas de la embajada para encararlos. ¿A quién no le place hincharle las guindas a los gringos? El embajador ni los miró. El jefe local de la DEA, moviendo los brazos linealmente y con vehemencia, cacareó de memoria el guión que le había mandado Paltrow:

 —Anthony McMannie es un criminal y la organización antinarcóticos que represento, en nombre del gobierno de los Estados Unidos, no dialoga con criminales ni con terroristas. Al ponerle en manos de la justicia boliviana hemos cumplido nuestro trabajo. No further comments [21] — y terminó la sesión.

En lo que pestañea un cura loco, la prensa nacional y mundial se dieron la vuelta por orden expresa de los poderes que la mantienen a sueldo. Inmediatamente la imagen pública de Anthony se convirtió en la de un narco delirante y el batido del escándalo terminó de desinflarse cuando los medios cambiaron la sintonía y cargaron la tinta con las feroces violaciones y mutilaciones de un asesino serial inventado, el cuál cada día hacía noticia al cobrar una víctima trozándola y tostándola en una paila chicharronera de bronce. Publicaron informes policiales, declaraciones de testigos visuales y para terminar de hacer chillar a las portadas y titulares publicaron denuncias de flagrantes actos de corrupción de políticos de deshecho.

Pero hasta los “desvaríos de narco” con que la prensa lo había acusado, estaban considerados en la Fase 2 de su plan Pert CPM. Tenían causas y conducían a efectos. Cuando terminaron de cargarse los 5300 megabytes de memoria, el logotipo de la DEA con el título “US 007 Top”, empezó a dibujarse en toda la pantalla. Inmediatamente apareció una leyenda prohibiendo a personas no autorizadas ingresar en ese programa de alta seguridad bajo castigos severos, dispuestos por ley. Anthony tecleó el primer password de entrada y metió un compact diseñado especialmente para que dialogara con la computadora y desactivara las muchas trabas de seguridad que hacían su ingreso tan complicado como regresar a Itaca.

—¿De qué color era el caballo blanco de Napoleón?

Era la última pregunta en la pantalla. Un error haría colapsar el ingreso. Tony tecleó con inseguridad: “blanco”, y sonaron monedas tintineando. Se había abierto el secreto y todo el índice de la DEA, de sus operaciones, experimentos, armas, actividades encubiertas, legales, alcahuetes, agentes y empleados,  quedó a su disposición. Ahí estaban las pruebas necesarias. Al fin los tenía agarrados por los huevos, “ingratos, mother fuckers [22] ”. Ahora los iba a aplastar con la ninguna misericordia que mostraron con él. Cliqueó el icono “Documents” y aparecieron una infinidad de papeles rubricados por la jerarquía de la DEA ordenando embarques de cocaína, informes de la penetración en los gobiernos, ejecución de enemigos y miles de evidencias más. En el file “Trail”, se dibujó un mapa del mundo con los circuitos del narcotráfico bajo tutela de la DEA, las direcciones de los centros de distribución, los nombres de los encargados, de los contactos y de sus dealers de cada localidad. En “Balance”, estaban asentados los miles de millones de dólares que deparaba el negocio, habían pagos, subvenciones a criminales, transferencia de utilidades al Federal Reserve y también estaba el asiento contable de tres mil millones de dólares para operaciones encubiertas en una cuenta no off shore sino más segura, en una cuenta numerada del UBS. Finalmente abrió fotos incriminatorias, testimonios de vinculaciones con el terrorismo de diversos países y sus organigramas. La DEA era una de las más grandes organizaciones criminales del planeta.

Anthony McMannie lanzó una carcajada, “yes, yes y yes!”, grito cantando y levantando el puño como un revolucionario triunfante. Ahí estaba la Fase 3  al alcance de su mano. Desviaría los tres mil millones a cuarenta cuentas numeradas que tenía, las que a su vez por un programa de permutaciones cambiarían a otras cuentas, tantas veces que sería imposible seguir le rastro del dinero. Terminarían en quinientos bancos pequeños del tercer mundo, con depósitos de alrededor seis millones cada uno. Los files US 007 Top los entregaría, personalmente o por correo regular o electrónico, a los treinta y cuatro contactos billeteados que tenía en los periódicos y revistas sensacionalistas más importantes del mundo, entre ellas el The Sun de Londres (su preferido) pero también al Commérage de Paris y llegaría hasta el Liúyán fēiyŭ de Hong Kong. Ni la mordaza ni la intercepción le impedirían armar un despelote universal.

Primero, obviamente, el gobierno norteamericano se negaría. Cuando las evidencias apabullaran a sus falsedades, alegaría total desconocimiento y buscaría librarse quemando un fusible como Oliver North. En ese momento, con cartas de ONGs que asisten e los menesterosos y de académicos prestigiosos, premios Nobel de la paz y artistas iconoclastas, haría opinar al electorado independiente y por efecto dominó la sociedad pondría un veto total a la DEA que sin mayores trámites tendría que ser clausurada con una tabla en la puerta y produciría el enjuiciamiento de su plano mayor. Para aun hombre normal, esa era suficiente venganza. Era descoyuntar a Paltrow y los demás traidores. Pero Tony no era normal, Tony era extraordinario. Así que no se detuvo en nimiedades.

Instigaría, con resortes conocidos, a que los intelectuales latinoamericanos soplaran las brasas de las opiniones legalizadotas de García Márquez y las de California, donde están los mayores sembradíos de mariguana. Otros desempolvarían a Friedman para apoyarlo, y Estados Unidos tendría que legalizar la droga "por ser deseo de los pueblos del mundo y del electorado norteamericano". Y así se chingaría a la DEA for ever and ever, haciendo que jamás vuelva a renacer de sus cenizas. Con esa distracción mundial que armaría desviaría la atención local de su caso y aceitando al circuito con medio millón de dólares, conseguiría una condena de dos años con extramuro inmediato. Conocedor, in and out [23] , del negocio, pondría sus capacidades a construir la primera transnacional de la cocaína con el nombre de “McMannie and sons Inc.”, y como Patiño con el estaño y Rubirosa con las mujeres, mundializaría sus artes y conocimientos en un monopolio bajo su puño, empleando miles de edificios y de Hércules de transporte; tapas de Fortune como uno de los tres más ricos del orbe, y las hembras descalzonándose de solo verlo y los hombres agachando la cerviz para reverenciarlo. Solamente whisky 21 años, solo corbatas Ferragamo, sola ostras al desayuno, para la virilidad. El cholo Mamani, el indio Antonio, al que despreciaban los k’aras y blanquiñosos en Oruro y en Cochabamba, al que miraban con asco las cambas, lo venerarían ahora que se había convertido en el Chairman of the board de la primera trasnacional indígena del planeta e invitado obligado a la casa Blanca y al Eliseo. Las apellidos europeos de abolengo, pelearían sus espermatozoides de a milímetro cúbico para que los nietos hemofílicos de esas estirpes débiles y decadentes, heredaran su talento, su potencia, su carácter y, claro, su fortuna. Nada lo detendría ahora que carecía de deudas morales, ahora que no tenía pertenencias ni raíces custodias. Entrecerrando los ojos y ladeando la cabeza, parafraseó un poema escuchado en la infancia:

—Libre al fin de amarras, me internaré en la gloria —espetó con orgullo.

Sábado de diciembre amanecía con un sol albino. Tony retiró el chip de la computadora y lo devolvió a la prótesis que volvió a calzar en el muñón de su premolar. Pero, ¿y Paltrow? Para ese pedazo de alcahuete tenía un plan con varias fases. Primero lo mandaría a lo más hondo de una prisión federal de alta seguridad, donde no lo haría matar sino que le mandaría, every now and then [24] , fiebres nuevas como la porcina o mejores, como el cáncer depredador del tabique nasal o de la pichula, una corrupción localizada de los tejidos que había visto experimentar en los laboratorios humanos de la agencia en los arrabales de Singapur. Bien infectado y adolorido, lo haría secuestrar del hospital por expertos que lo sedarían. Cuando despierte estarán cara a cara, face to face, los dos, solo que Patrow estaría castrado, con las cuerdas vocales cortadas, con los brazos y las piernas mutiladas y sin lengua y así achicado y liviano lo llevaría, de aquí para allá, en una canasta, como un acompañante fiel al que torturaría con cigarrillos y alfileres por pura diversión, y a cada rato. Lo mejor es que lo haría sin remordimientos porque Paltrow no emitiría ni un sonido de queja. La soberbia es la gran enemiga del hombre y Tony se ensoberbeció con sus logros y con sus planes y dio el traspié de advertirle al enemigo:

—¿Fucking Paltrow? Tengo el “US 007. Top”, hijo de puta. I will fuck you all and you Paltrow will become my private pet and you will suck my cock and I am going to fuck you until you die [25] !

Iba a colgar cuando alcanzó a escuchar a Paltrow.

—I will fuck you first, you moron... [26]

—Ah, ¿si? ¿Y cómo, cabrón?, ¿cómo? —gritó Anthony a viva voz y por primera vez en su vida sintió miedo. Estaba tan cerca de aniquilarlos y vengarse...

No. Era un bleff de Paltrow. Reaccionaba con frialdad, por eso había llegado tan lejos en la agencia.

—Bzzz —sonó su intercomunicador y por el circuito cerrado vio a Gulliver.

—¡Qué pasa ps mierda! —se desahogó con Gulliver.

—Su desayuno, señor.

—Ah, okey pasá man.

Apretó el dispositivo y Gulliver digitó los números del tablero de entrada, sólo que nunca antes se había equivocado yeta vez sí. Volvió a intentar y la puerta de la celda de Anthony se abrió. Entró con la charola cargada de marraquetas crocantes y tibias, mantequilla y un café con leche. Anthony lo escaneó con la mirada. El mastodonte dejó la charola en el sitio acostumbrado y sus ojos se detuvieron en la cajita de joyería.

—No habían donagts señor.

—Ni modo. ¿Y el Chambergo?

—Está afuera, jefe.

—Dime, man, ¿estas bien, Gulliver?

—Sí, ¿porqué lo pregunta jefe?

—Por nada, man, por nada. ¿Llegó el pastor Urquidi?

—Recién a las siete, jefe.

—¿Y qué hora es?

—Son un cuarto para las siete, jefe.

—Ya, entonces chau, man.

Gulliver se disponía a partir cuando escuchó a sus espaldas:

—Mordé la bala, Gulli, hermano.

La enorme espalda junto a la cara se dieron la vuelta para decir un “¿qué?”, que nunca fue pronunciado. Sus ojos se encontraron con la sub de Tony. La ráfaga, con el pft-pft-pft del silenciador, le entró por la boca abriéndose paso entre los dientes. El enorme cuerpo cayó fulminado. Una de las manos lacias del gigante agarraba una granada de fragmentación y el dedo de la otra estaba engarzado en la espoleta, para inmolarse junto al Tony.

—¡Aleluya! Praise the Lord, Gulli, mother fucker [27] .

Tony levantó los brazos al cielo y, luego, en una venia de ballet dejó caer los brazos hasta tocar el cuerpo monumental de Gulliver. Olfateó el cadáver y rió a carcajadas. Con boquita de trucha le dijo:

—Nobody fucks [28] McMannie, Gulli, hijo de puta.

Arrastró el cuerpo debajo de la cama, cuando...

—Bzzz —volvió a sonar el intercomunicador.

Era Bertereín, el gobernador de la cárcel, un flaco esmirriado que usaba lentes verdes para esconder los párpados caídos y bordeados por una marcada sombra como los mapaches. Con salto de gacela Tony se metió en la cama escondiendo la sub debajo de las frazadas.

—¡Chambergo! —gritó por el intercomunicador—, ¡abríle la puerta al general!

Por la pantalla vio a Chambergo, torcido, hemipléjico, con su gorra asquerosa de ferroviario y su cara de asco. Chambergo pulsó correctamente los números claves y entró acompañando a Bertereín.

—Perdón, general... —detuvo Tony los saludos y se dirigió al jorobado—: Oye, Chambergo, ¿dónde están mis botas man?

Chambergo salió y volvió con unas botas cowboy de cuero de serpiente cobra real, perfectamente bien lustradas.

—Si hemos de morir my general hay que morir con las botas puestas — sonrió Tony colocándolas al lado de la cama. Se acordó que se fingía enfermo y le habló al jorobado carraspeando—: Gracias, Chambergo, man, andáte nomás.

—Perdón, don Toni, ¿y Gulliver?

—Qué putas te importa, man.

El jorobado salió.

—Buen día, querido Antoni —saludó el policía sin quitarse los lentes.

—Día del Señor, mi general —respondió Tony y desde el costado trasero de la cama sacó un maletín ejecutivo que se lo alcanzó.

El alcaide asintió varias veces y luego dijo:

—Usted es un hombre puntual.

Tomó el maletín y se dispuso a partir.

—¿No va a contar la plata, general?

—Nunca lo he hecho y siempre ha estado cabal, amigo Antoni.

—Bien general, es bueno entenderse sin palabras. Sólo que antes de que se vaya quiero que escuche esta llamada que voy a hacer. Por favor, general.

Discó su celular con una mano sin soltar la sub debajo de la frazada.

—¿Aló? ¿La señorita Baby Andrade? —tapó el auricular con el dedo gordo y le comentó al policía—: Es la de tele, la periodista, la conoce, ¿no?

El alcaide asintió.

—¿Y Beibicita? God bless you [29] . Es el Anthony McMannie, desde aquí, desde la cárcel de San Pedrín, amorosa, claro, , claro, me reconoce. Gracias, Beibicita, reina, pero esta vez no son papos, ni una sola mentira. Puras pruebas. Todas pruebas. Documento-documento, óleo sobre tela. Una primicia. Sí ps reinita, claro. ¿A las ocho? No le diga a nadies, ¿no? Just you and me. Bye Beibicita, bye.

Tony observó al general quien no se había anoticiado de la charla de Tony y miraba la profundidad de la alfombra, aunque un tic apenas perceptible se movió detrás del lente verde. Tony sonrió.

—¿Si es tan amable, le podría dejar entrar a la señorita periodista cuando llegue, respetadísimo commander?

—Claro, Antoni y ahora si no tiene nada más...

—Bye hasta luego, que esté bien, chief.

Berzaraín salió y Tony se quedó dando vueltas por la habitación. No pasó mucho tiempo que el reloj marcó las siete. Minutos después Chambergo anunció al “pastor Urquidi, jefe".

—Ah, ¡qué de la puta!, mi guía, my shepherd [30] . Cuando lo escuches, Chambergo, man, una música religiosa ’ey de poner y recién le haces entrar,  please, ¿ya?

Salió de la cama todavía en pijamas, escondió la sub y se vistió. Con parsimonia se calzó la botas de cobra real y taconeando se acercó al home theater con sensorruond que estaba al fondo del cuarto. Puso un DVD y al "Play" empezó el karaoke con subtítulos que se subrayaban para seguir el canto. Era  el oficio religioso que el Pastor Urquidi había celebrado en Wisconsin, ese mismo año ante quince mil personas.

—¡Alabaré, alabaré, alabaré, alabaré, ala-baré a mi Señor! —cantaban en un hemiciclo gigantesco doscientos sesenta voces de un coro con uniformes de obispo.

En el escenario y rodeado por curules con ancianos de la mayor jerarquía, Urquidi con un micrófono alentaba el himno. El pastor de verdad, el de carne y hueso, al escucharse en los baffles de sonido entró a la celda de Tony con paso apresurado y con sonrisa de luceros.

—¡Aleluya! El buen Tony me da la mejor sorpresa del día.

Remangó involuntariamente los labios hasta mostrar las encías con una sonrisa casi de retardo.

— Se lo he comprado el DVD por el internet,  my shepherd.

—Alabado sea el Señor, Anthony, alabado sea Cristo. Hasta me da un poco de vergüenza verme así.

—¡Yaaaa! Vergüeeeenza, a ver... Usted se ve super groovy, pastor, super groovy [31] . Y cantemos,  que hoy es un día del Señor, un día de júbilo.

—Sí, alabado sea el Señor.

Y los dos, tomados de la mano y con la vista hacia el Altísimo cantaron siguiendo las letritas subrayadas.

—Alabaré, alabaré...

De pronto el bzzz del intercomunicador les rompió la devoción y Tony vuelto Eneas se abalanzó hacia el micrófono.

—Wa’ de fuck man!

—Es que es la señora periodista Beibi Andrade —dijo Chambergo hundiéndose en la joroba.

Tony dudó un instante.

—Y ella ps debía venir a las ocho y recién es pasadas las siete, ¿no?

Chambergo, como era hemipléjico no podía levantar los hombros para hace un gesto de admiración por lo que ladeó la cabeza como perro de automóvil. Tony carburó a mil.

—Chambergo, man, salúdale a la señorita dándole la mano y si está sudando, me avisas.

El pastor seguía entonando el salmo, embobado ante la pantalla. La respuesta de Chambergo llegó.

—La  mano está seca, jefe.

—Ah, ya. Que espere nomás ps entonces.

Y volvió a la homilía. El canto concluyó en medio de los gritos histéricos del público y la cámara mostró la alegría de Urquidi, la complacencia de la protestante y el llanto de los feligreses.

—¡Yo también soy su amigo de Cristo! —gritó Anthony emocionado, mientras el pastor Urquidi de la tele empezaba con el sermón y los ejemplos bíblicos y las enseñanzas de Mateo y Juan y las amenazas del Maligno.

El pastor de carne y hueso estaba halagado ad infinitum. No pudo contener su alegría y abrazó a Tony depositándole la cabeza en el hombro. Tony le devolvió el abrazo con ternura y le palmoteó la espalda.

Para Baby Andrade, la espera se hizo larga. Tenía una abultada agenda pendiente. Con pequeños sorbos terminó el té que Chambergo le había invitado y revisó notas para ganar un tiempo que se le iba de las manos sin saber si valía la pena estar ahí.

—¿Me regalas tu gorra, Chambergo, amado, es que me encanta y yo te regalo mi foto, si? —hizo plática con el jorobado para entretenerse.

Chambergo, sin pensar mucho, le estiró su gorra cuando, de pronto, el Pastor Urquidi apareció en la puerta de bóveda de banco de la celda de Tony, envuelto en una tos de perro atorado. Hizo una venia. Con un dedo se despidió de Chambergo y se fue carraspeando una flema que no salía y cuya contaminación tapaba con la mano. “Conozco el camino”, dijo Baby autosuficiente, y aprovechó la puerta abierta para entrar. Sentado en la cama, Anthony miraba el home theater que emitía el discurso vigoroso y convincente de un viejo pastor centroamericano, de pronto poseído por lenguas muertas de fonética furiosa y babilónica.

—Buen día, don Anthony —saludó Baby sin recibir respuesta.

Rodeó la cama y le llamó la atención el rostro enrojecido y brillante del preso.

—Buen día —cantó para despertarlo.

Tony no se movió. Seguía concentrado en la televisión y con los ojos abiertos. Baby sintió el calor de hornilla encendida que emitía el cuerpo de Tony. Con resquemor acercó la mano, le tocó la frente y la retiró de inmediato. Una fiebre lo hervía y con cada segundo que pasaba, el rostro se encendía más. De las comisuras del labio empezó a salir un líquido espeso, parecido a un pegamento. Era como si la piel se le estuviera derritiendo, desfigurándole las facciones. Baby marcó su celular y dijo:

—Todo okey.

Colgó y se sentó quietecita. Exactamente a las ocho, salió. El jorobado entró con su caminar pendulado. Cerca de la puerta de salida, Baby vio que un guardia se disponía a revisar al pastor Urquidi, como es de rutina, cuando, a lo lejos, escuchó el grito desesperado de Chambergo:

—¡Jefeeee!

El eco del alarido empalmó  con el ruido de una poderosa explosión que sacudió el espacio. Instintivamente Baby se puso las manos en la cara para protegerse y se tiró al piso. Al entreabrir los ojos vio salir humo y fuego del segundo piso, donde estaba la gobernación de la cárcel. El miedo y la confusión empezaron a tender un manto tenebroso sobre el Panóptico de San Pedro. Baby se internó en el edificio lleno de humo y escuchó nuevamente el grito quebrado de Chambergo:

—¡Jefeeee!

Baby subió las escaleras hacia las oficinas y entró apresurada a la de Bertereín. La policía no había tenido tiempo de tender el cordón habitual de protección. Rodeada del olor ácido de la explosión alcanzó a ver sangre fresca, adherencias babosas en las paredes y pedazos de cuerpo del edecán. Los muebles ardían. Bertereín no estaba. Lo buscó y encontró la puerta del baño hecha añicos y Bertereín en shock, con los pantalones abajo, sentado en el water y abrazado del maletín que le había dado Tony. Baby se agachó, desenfundó la pistola del alcaide y lo ejecutó de un tiro en la sien. Limpió el arma, la colocó entre los dedos del comandante y cargó con el maletín. Antes de salir, sacó de su cartera la gorra de Chambergo y la dejó caer, justo en el momento en que una tropa de policías y bomberos subían las escaleras. El humo le hizo cortina y Bay salió sin problemas. Media hora más tarde llegó el Cuerpo de Reacción Rápida con expertos en explosivos, la prensa y hasta ministros que aprovecharon el caos para hablar del proceso plurinacional, indigenista y revolucionario que conducía el gobierno del hiperlider, y se comprometieron con la verdad, en la mano, y la justicia, en el corazón, a capturar y castigar con todo el peso de la ley, legal y extralegal, a los terroristas de la oligarquía y del imperialismo, autores indiscutibles del horrendo atentado, con el único fin de desestabilizar un proceso irreversible del pueblo y para el pueblo. Dentro del penal los presos se habían aglomerado en las inmediaciones para saber noticias. Sólo Chambergo estaba con otra encomienda.

Anthony no se había movido y seguía con el mismo gesto de títere que se derrite. Pero respiraba normal y profundamente, como si nada pasara. Al mediodía, cuando su rostro y sus manos aumentaron de brillo hasta dibujarle la piel falsa y lisa de los quemados, empezó a gritar. Hacia las seis de la tarde aullaba pero seguía sin moverse. La nariz se derritió pegándose a los cachetes. Sus labios habían retrocedido como polietileno al fuego mostrando las encías de engendro monstruoso. Chambergo buscó una ayuda que estaba concentrada en la gobernación y se decidió a inyectarle cocaína como anestesia, que no le hizo mella. Los gritos se fueron convirtiendo en el chillido de un ovíparo adolorido. Para calmarle en algo los fuegos, el fiel Chambergo lo desvistió pero, perplejo vio que todo el cuerpo era el de un incubo de lava, parecía que se había comido una bengala. La luz le venía de adentro como a esos santos de acrílico con foco interior. Entonces descubrió un pequeño barreno igual al que usan los dentistas en los tratamientos de canales, hundido en la columna de Tony; a esa altura donde uno mismo no puede alcanzar un escozor. Era una aguja disolvente. Su minúsculo mango plateado quedaba al descubierto pero su punta se  había diluido dentro de la espina dorsal transportando a través del sistema nervioso un ácido novedoso que quemaba lentamente el cuerpo desde la médula hacia fuera. A principios de la tarde, la carne era una lepra y los pedazos se empezaron a desprender. Los gritos fueron de alta frecuencia. Nadie entendió la verdadera causa de los mareos generales.

Chambergo supo que solo podía aliviar a Tony para siempre. Lo recostó y con piadosa tristeza le perforó la nuca con el cuchillo de cocina y giro como para desprender el bulbo raquídeo. Por la boca le brotó una sangre negra con intermitencia cardiaca, como si algo en Tony siguiera vivo. Chambergo le puso la punta del cuchillo en el pecho, se apoyó en el mango y empujó, entrando poco a poco. El emplaste humano expulsó aire para facilitara la entrada de la muerte y lo que quedaba de labios se retrajeron fabricando una sonrisa de agradecimiento por el gesto de amor del jorobado. Chambergo siguió empujando el puñal hasta hacerle crujir las costillas. Al partirse el corazón sonó chaj como trapo mojado botado contra la pared y se desbordó un líquido viscoso. Entonces Chambergo reparó  que la cicatriz cerca al corazón por el atentado del gringuito mula, no estaba. Apartó los líquidos para corroborar esa ausencia. Quizá una cirugía plástica, pensó. La masa candente que era Tony se fue encogiendo lentamente hasta quedar sullu, encogido como una momia incaica. Pero en ese repliegue fetal, Chambergo vio que Tony calzaba los zapatos que el pastor solía vestir y no sus adoradas e inseparables botas de cobra real.

Chambergo dio vueltas como trompo, tratando de entender algo que no entendía pero que tenía que entender aunque no entendiera. La televisión cambió automáticamente de canal al noticiero estelar en el mismo momento que empezaron las descargas. Fue ultimado por un comando de elite militar acusado de resistirse al arresto, de ser el culpable dar muerte al guardaespaldas Gulliver Unzueta, de haber detonado la explosión a control remoto en las dependencias de la administración penitenciaria, de ultimar cobardemente al alcaide y de matar a sangre fría al famoso narcotraficante. No alcanzó a ver que un sicario de doce años, ante los ojos de toda la teleaudiencia, le colocó dos disparos a la blonda cabellera de Baby Andrade, mientras leía las alarmantes noticias sucedidas, ese día, en la cárcel de San Pedro.

A primera hora de la mañana, en Londres y lejos de las histerias bolivianas, las botas de cobra real se detuvieron frente al edificio del periódico The Sun. Limpiaron su empeine derecho contra la corva izquierda del pantalón y entraron taconeando.

 

 

Moraleja.

Sólo la maldad destruye a la maldad. Los buenos sufren, esa es su recompensa. Los mejores disfrutan de todo, sin preocuparse de nada. 

 

 

 

 

 



[1] “¿Qué mierda estás haciendo?”

[2] “…que he traficado en toda mi puta vida. ¿Qué mierda es esto, Paltrow?.

[3] “¡Eres un animal, puta-mierda-carajo!”

[4] “Alabado sea Jesús, men, alabado sea Jesús”.

[5] Latino cabrón, ahora estás donde tienes que estar: en tu país de mierda, en la puta la cárcel y, de aquí a poco, en el puto infierno”.

[6] Conocimiento local del terreno

[7] Hay que ayudar a los chicos en este infierno desgraciado y un jale los va a refrescar. Puedes estar mil por ciento seguro”.

[8] Control y dinero, son las palabras claves”.

[9] Cerebro

[10] deals: tratos.

[11] “Todo es por dinero”

[12] “Trabajo fácil, mucho dinero”

[13] “Estados Unidos me ha hecho a mí.”

[14] “Sigues adentro”

[15] “Por los viejos tiempos”

[16] Suave, terso.

[17] “Honorarios”

[18] Si tú estas de acuerdo, claro.

[19] Yo soy un activo de la DEA. Si ustedes están de acuerdo, no hay “problemo”, yo hago el trabajo.

[20] “¿Qué mierda estás haciendo?”

[21] No más comentarios.

[22] Hijos de puta.

[23] Por dentro y por fuera

[24] Cada tanto…

[25] ¡Los voy a joder a toditos ustedes y tú, Paltrow, te vas a volver mi mascota privada y me vas a tener que mamar la verga y  yo te vía culear hasta que cagues fuego!

[26] Yo te voy a culear antes, alcahuete...

[27] Alabado sea el Señor. Gulliver, hijo de puta.

[28] Nadie jode a McMannie.

[29] Dios te bendiga

[30] Mi pastor

[31] Super bien.